Me pudieron más las ganas de escribir. Estaba juiciosa leyendo un texto sobre la globalización y la teoría de Immanuel Wallerstein y no paraban de llegar imágenes a mi mente sobre los meses que han pasado, obligándome a garabatear. Como un bichito que le empieza a bailar enfrente a uno y que uno sabe, no se irá hasta que uno haya bailado con él un rato.
Hablando de bailar, las imágenes que me llegaban eran sobre todo de la fabulosa noche del 28 de diciembre pasado, en la que celebraba una fecha importante (no era el día de los inocentes… jajaja) y me reencontré con uno de mis lugares de rumba preferidos cuando vivía en las tierras nevadas. Aunque para muchos vaya a parecer increíble, ese sitio me gustaba porque es allí donde me he pegado las mejores bailadas de salsa, principalmente de timba, acompañada de los mejores bailarines que conozco. Es así como ese 28 de diciembre, me encontré nuevamente en el Gato Negro y su minúscula pista, moviendo las paticas y las caderas al ritmo Elito Revé, Maikel Blanco, mis adorados Van Van y Puppy, escogiendo entre mis primos a ver cual bailaba mejor, pero no les puedo decir cual, porque la competencia es brava. Nos fue tan bien, que una pareja europeo-peruana se quedó sentada mirándonos dar vueltas hasta las 4 a.m. hasta que la señora nos preguntó finalmente si éramos de una escuela de salsa. No cuento esto por querer dármelas de buena bailarina, sino porque para mí fue una de las mejores maneras de cerrar el estresante año 2007… Con felicitación y todo.
El viaje por allá estuvo, como dicen por acá, lo más de bueno. Visité la casita de Copponex que parece como de cuentos de hadas; paseé por la nieve y sus alrededores; volvía a ver a mis amigas y amigos del alma y decidí que de algunos de ellos definitivamente era mejor desprenderse y que de otros era bueno volver a amarrarse; caminé por esa ciudad de mi adolescencia, con su lago y sus patos popochitos que me dan ganas de abrazarlos. Y volví a Bogotá, a mi rutina, a mi oficina de la 26 con 30 y a los buses.
Al principio pensé que iba a morir otra vez con esa contaminación y los problemas del día a día que en Colombia no son, como decía un amigo al que le decíamos el “Monpirry”, “papita pa’l loro”… Sin embargo, a los días de haber llegado y a pesar de haber iniciado el 2008 con sucesos muchas veces difíciles de aceptar y afrontar, me reconcilié una vez más con mi adorada Bogotá y sus calles y su desorden y su gente y todo lo que me gusta tanto de vivir aquí. Me ayudaron mis amiguitos de la DIRNI - aquella agencia secreta, apéndice de la “URSS” - que logran hacer de un almuerzo todo un acontecimiento, que gritan a calzón quitao cuando se ponen felices, estresados o bravos y no les importa, que hacen carreras en los asientos de oficina por los corredores de “porcelanato” que tanto cuidan las aseadoras y que logran recibir a la nueva jefe con un zapato volador…
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